27/09/2018 | Alma Jéssica Gómez Martín

En la actualidad los adolescentes tienen el requerimiento de relacionarse con múltiples interpretaciones de la realidad y con diferentes contenidos que se exponen ante ellos por medio de las redes sociales. De aquí la necesidad de construir su  propio criterio al momento de procesar información tan variada. Para ello es imprescindible el fomento del pensamiento crítico.

Partamos del siguiente cuestionamiento: ¿Cómo sería alguien que careciera de las disposiciones del pensamiento crítico? Es probable que viva sin inquietarse seriamente por nada, no le interesaría involucrarse en los hechos sociales, podría preferir no pensar y a su vez dudar del raciocinio como forma de indagar cosas e investigar soluciones a problemáticas cotidianas; subestimaría sus propias habilidades para especular, portaría quizá una mente cerrada, rígida, inclemente, con incapacidad  para entender lo que otros piensan, siendo incapaz  de analizar la calidad de los argumentos de otros. Además, se debilitaría el proceso interno para generar conclusiones ante los hechos. ¿No es así como están viviendo numerosos adolescentes hoy en día?

Muchos de los adolescentes no cuentan con hambre de conocer su entorno. Podemos dar un paso más y decir que son pocos los adolescentes que cuestionan la veracidad de la información que llega a sus manos y que mantienen un estado de alerta para recibirla con las destrezas que conlleva el pensamiento crítico. Probablemente desconocen su importancia, pues en el estilo de  vida que les hemos creado se le da poco interés a la formación de su propio criterio. Debido a esto, tal vez sean pocos los jóvenes que han experimentado la sensación de seguridad en sus propios mecanismos de raciocinio.

Quizá la causa sea la poca familiarización con el requerimiento de estas destrezas, pues el sistema educativo está saturado de memorización y reproducción monótona de ideas previamente digeridas. Sin embargo, el pensamiento crítico va mucho más allá del salón de clases. Este tipo de pensamiento apareció antes del establecimiento de la educación formal como la conocemos actualmente; yace en las raíces de la civilización misma, por lo que es importante preguntarnos: ¿Los adolescentes cuentan con personas que les inspiren a fomentar este tipo de pensamiento?, ¿lo fomentan sus familiares, amistades, profesores o las figuras públicas?

Ahora bien, ¿cómo definir  el pensamiento crítico? El pensamiento crítico según la OMS consiste en “analizar experiencias e información y ser capaz de llegar a conclusiones propias sobre la realidad”. Por otro lado, según la Fundación Edex “la persona crítica no acepta la realidad de manera pasiva porque siempre ha sido así. Por el contrario, se hace preguntas, se cuestiona rutinas, investiga. El pensamiento crítico requiere la puesta en acción tanto de habilidades cognitivas -un proceso activo de pensamiento que permite llegar a conclusiones alternativas- como de competencias emocionales relacionadas con las actitudes personales, ya que es necesario también querer pensar”. Esta última es una de las claves fundamentales, pues para pensar críticamente debe existir interés y disposición del mismo adolescente.

Para reafirmar la importancia de estos dos componentes, Nieto (2008) establece que “la mayoría de los especialistas consideran que la ejecución de este pensamiento depende de dos componentes: habilidades y disposiciones. Ambos ingredientes son necesarios, puesto que si una persona sabe qué habilidad desplegar en una determinada situación pero no está motivado a hacerlo o lo hace con un fin poco ético, no será un buen pensador crítico. Los dos componentes deben estar presentes”.

Es importante señalar que desde hace tiempo se ha considerado el pensamiento crítico como una habilidad para la vida imprescindible para sostener no solo la personalidad de un sujeto, sino a la sociedad misma. Como formadores conocemos que es de vital importancia que el adolescente cuente con las aptitudes para generar pensamiento crítico. Lo que sucede es que son  pocas las instituciones y políticas públicas que le apuestan a este factor para generar cambios en nuestra sociedad, a pesar de que hay claridad en los beneficios que trae al individuo. Esto representa un amplio reto debido a que el pensamiento crítico no llega por simbiosis. Como anteriormente se mencionó, se trata de un proceso interno que solo puede ser despertado si la persona está interesada en ello. Como profesionistas nos corresponde sembrar la semilla de la curiosidad para estimular el interés por adquirir esta habilidad.

El filósofo John Locke decía que el estado original de la conciencia del hombre se encuentra depurado, sin ninguna señal; el hombre no tiene ideas o principios innatos, los va adquiriendo desde que nace y los desarrolla a lo largo de la vida. Es decir, tanto el conocimiento y las habilidades son fruto del aprendizaje a través de experiencias y percepciones sensoriales. De allí proviene el concepto de Locke que concibe la mente del niño como una tabla rasa o una hoja en blanco que se empieza a escribir al nacer.

Tomando en cuenta lo anterior,  desarrollar el pensamiento crítico no es tarea del estudiante únicamente sino que requiere del conocimiento y destreza del maestro para enseñar a pensar. Esto requiere el estudio y reflexión de parte del equipo de docentes, y no se agota definiendo las estrategias a seguir ni su desarrollo pormenorizado: requiere asumir el rol de mediador, de facilitador en el trabajo con los alumnos.

Es importante destacar que la mayoría de los seres humanos está dotado de la capacidad para el pensamiento abstracto: pueden generar hipótesis y analizar infinidad de posibilidades sobre varios asuntos; pueden examinar tecnologías, información y enunciar nuevas reflexiones; tener ideales y luchar por ellos. Es por ello la importancia de desenrollar en él una actitud crítica para su papel activo en el futuro, tanto en el terreno de lo social, de la ciencia y la tecnología; contribuyendo a la formación integral del ser humano, cultivando el pensamiento como una de sus facultades fundamentales.

A pesar de todo lo anterior, es importante reconocer que es complicado encontrar la llave metodológica y didáctica para alcanzar el objetivo de enseñar a pensar. ¿Cómo hacerlo? ¿Se podrá teniendo a un alumnado con características tan diversas? A manera de conclusión e invitación a reflexionar cito una frase de Jean Piaget que engloba lo antes dicho:

«El principal objetivo de la educación es crear personas capaces de hacer cosas nuevas, no simplemente repetir lo que otras generaciones han hecho. El segundo objetivo de la educación es formar mentes críticas, con capacidad de verificación, que no acepten sin más todo lo que se les da».

Psic. Alma Jéssica Gómez Martín
Facilitadora Programa AXIOS
Terapeuta Gestalt
AXIOS – Misión Mujer A.C.

Referencias

-Elosúa, M. (1993) Enseñar a pensar y Cómo desarrollar estrategias de enseñar a pensar en Estrategias para enseñar ay aprender a pensar, Madrid: Narcea. Recuperado de: http://www.cucs.udg.mx/avisos/Martha_Pacheco/Software%20e%20hipertexto/Antologia_Electronica_pa121/ELOSUA.PDF

-Habilidades para la Vida (2017.) Iniciativa EDEX. Recuperado de: http://habilidadesparalavida.net/habilidades.php

-Nieto A. (2008). Relación entre las habilidades y las disposiciones del pensamiento crítico. Universidad de Salamanca, España. Recuperado de: http://www.pensamiento-critico.com/archivos/disposicionesyct.pdf

-Saravia L. (2016) ¿Se puede enseñar a pensar? Foro Educativo. Recuperado de: http://foroeducativo.com/se-puede-ensenar-a-pensar/